Fijó su mirada impertinente en las vacías vías del metro, y apretó tanto los puños que las uñas marcaron la palma de sus manos, mientras pensaba que su situación era suficientemente dramática como para preocuparse de un detalle tan nimio. Siempre le habían llamado la atención las conversaciones que se dejaban oír, los olores que arrastraba la gente al pasar, y la mirada ajena y desconfiada de quienes parecían no querer conocerle, pero ese día nada era así: los diálogos se reducían a un murmullo nostálgico y apagado, no aspiró ni una sola vez el rastro de nadie, y era aparentemente invisible para el mundo entero. Todo esto le hizo tomar conciencia de que ese, y no cualquier otro, era un día distinto, incluso (con un poco de suerte) radicalmente diferente al resto de su vida. La señal luminosa de aviso de llegada irrumpió intencionadamente…al percatarse, también él parpadeó, sintiendo en su rostro el viento enmarañado que avanzaba de repente ganando una carrera. Aquel sonido incesante e incómodo, mezcla de caricia dolorosa y afonía metálica, le hizo pensar en sus recurrentes ocurrencias que le llevaron casi de inmediato a mover sus dedos aleatoriamente. Tras tratar de absorber hasta empaparse la situación que le contenía, y sin lograrlo ni lo más mínimo, retrocedió medio paso mientras el metro frenaba muy despacio para permitir salir a la gente que se agolpaba frente a las puertas. Un pitido intermitente consiguió que en un instante sus pies avanzasen cual mecanismo reprogramado hasta dejarse caer en un asiento, el que menos gente tenía alrededor. Nada más apoyarse no supo a dónde mirar, se sintió atacado. Evitó fijarse en la silla de ruedas de un hombre mayor por no parecer sorprendido e irrespetuoso, y tampoco siguió la mirada de la madre que balanceaba un carrito con su bebé, ya que no tenía intención alguna de sonreír estúpida y típicamente ante ese pequeño, como probablemente habrían hecho, casi por turnos y sin pedir la vez, sus ahora compañeros de viaje. Justo en ese instante pensó lo terrible que sería encontrar a alguien conocido, precisamente aquí y ahora…con las expectativas que se había creado eso supondría un fracaso estrepitoso, sin duda. No se dio cuenta pero su gesto se torció y los ojos no pudieron habérsele vuelto más tristes; entrelazó las manos, escondió sus pies bajo el asiento, suspiró, y apretó los dientes al dejar caer los párpados un segundo. Cuando abrió la mente, chocó contra el reflejo del cristal que tenía delante, y pudo ver al detalle un rostro sonriente que se centraba en él, ¡en él! Se sintió sumamente contrariado, separó sus manos y se rascó la nuca, cada vez más y más nervioso. Desconocía por completo que ella no había parado de analizarle desde que compró el billete en la taquilla. Ciertamente no sintió atracción alguna en un principio, se limitaba a curiosear, callada y provocativa. Queriendo estar perdido, le habían encontrado. Nada más dejar de mirarla, no pudo evitar volver al hueco de la ventana donde estaba atrapada, y allí seguía, tal vez un poco menos tensa al percatarse de que había sido descubierta al fin: no se lo había planteado a largo plazo pero le resultó agradable notar que le había intimidado, aunque fuese sin querer. Él, mostrándose tal y como no era, decidió imponerse y no apartar sus pupilas de la superficie donde su espía estaba sin ser, o era sin estar. Ninguno de los dos sabía muy bien qué hacer, sin embargo improvisar podía ser un gran plan. Cuando menos podían esperarlo, allí estaban, clavando su estática visión el uno en el otro, hermetizándose. Las mejillas de ella se sonrojaban por momentos, no obstante él, que se había quedado hueco ante la inesperada visita, mostraba un gesto distante, puede que algo prepotente. A su invitada le hacía muchísima gracia que se pusiera tan serio, porque se le notaba demasiado que estaba forzándolo a modo de vieja armadura oxidada que cubriera su autoestima, protegiéndole. El primer frenazo del viaje le sacó de su ensimismamiento. Vigiló entonces que los lunares del cuerpo de su extraña no se hubieran desordenado todavía más, y al intentar controlar su orgullo apartó los ojos del cristal y se volvió hacia ella, hacia la ‘ella’ de verdad. En ningún caso esperó que le siguiese la mirada en el mundo real, pero la vio captando cada detalle de sus manos, pero sin dejar de hacerse la aburrida y la despistada, como si se tratara de un simple pasatiempo. Él quiso jugar a hacerse el desinteresado pero no pudo. Nada se dijeron el uno al otro de sus respectivos nombres, edades, gustos musicales o historias personales, y esa nada fue suficiente. Daba igual ser mudo, londinense o ateo: estaban fuera del lenguaje y de todo lo normal, se encontraban a años luz de que el tiempo les alcanzase, no había reglas precisadas de antemano, sólo elecciones que les iban conformando e iban configurando sus caminos. Por eso, al llegar a la siguiente estación, ella decidió levantarse para ver la reacción de su desconocido retándole abiertamente. Ante un desafío de tal calibre que él creyó entender a la perfección, sólo supo mirar la hora en el móvil y darle la vuelta a su bono transporte para contar los viajes que le quedaban, leyendo de paso la letra pequeña. Si ella hubiese llevado manual de instrucciones lo habría ojeado gustoso. Era incapaz de negarlo, esperaba un indicio mucho más apasionado del que jamás podría proporcionarle un extraño asombrado recluido en una imagen borrosa, aunque por un momento se planteó qué le contestaría a la decente propuesta de tomar algo en cualquier sitio, pero ahora mismo, ¡ya!, antes de perder esa inexplicable taquicardia. Se asustaba al ver que su corazón iba así de rápido, casi a la velocidad del propio tranvía, luchando por no llegar después, atrasado y cobardica. Ambos se sintieron insignificantes para el otro, pero ambos habían dejado atrás su parada para continuar el viaje fingiendo desinterés. La divergencia principal llegó con un chico alto, que bostezó desganado mientras arrugaba un papel con la mano izquierda (porque la derecha estaba agarrada a aquellas pegajosas barras amarillas). Ella no pudo obviarle, y le dedicó suma atención a sus labios entumecidos, ante lo que él decidió que lo suyo no tenía futuro, dejándose llevar por sus inconvenientes celos para bajar en cuanto pudiese y regresar así a la estación que requería su agobiada presencia. Notando una sonrisa presa de la gravedad, ella quiso mostrarle que nada de eso tenía más importancia de la que se le quisiera dar. La perdonó una vez de pie, ante lo cual ella, aliviada, suspiró, evitando importunarle de nuevo. Ninguno pretendía hablar ¡ni muchísimo menos!, sencillamente disfrutaban de su sinsentido anónimo. Pero las contrariedades conllevan reflexión e implican sorpresa, y cuando a él dejaron de sudarle las manos, ella se quedó en blanco. Aquellos extraños, recapacitaron y creyeron que el momento adecuado ya había pasado, que nada era oportuno ahora que ya se conocían, sin prejuicios, carentes de opinión. Era demasiado tarde para salvar su relación, y toda su historia no podía ensuciarse inmersa en una trama sin salida. Ella le dio una última oportunidad, pensó: ‘Si oigo su voz antes de la próxima parada, hoy será un día especial’. Pero no. Nunca habló. A su vez, él se dio cuenta de que se había engañado a sí mismo: era otro día, uno más de tantos, pero esas falsas expectativas le hicieron más que feliz, por efímero que fuese el fugaz destello de aquella relación, de fuerte interior y endeble coraza. La rutina, asoladora, les defraudó y se comió uno por uno todos sus deseos, sus respectivos y anhelados destinos, haciéndoles irse por donde llegaron, conscientes de que no existían los flechazos ni el amor a primera vista, y dubitativos acerca de si acaso existiría el amor a secas, sin más. Se bajaron en estaciones separadas pero se habían rendido a la vez, aunque con total exactitud los dos asegurarían que precisamente por ser algo irracional e inesperado, no pueden evitar buscarse el uno al otro (aún cuando ni tan si quiera se recuerdan bien) en los absurdos reflejos de los vagones de metro, donde no existe lo predecible. |